¿Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón?

 

El monoteísmo bíblico parece haber sufrido una evolución. En sus pri­meros estadios, los hebreos concibieron una deidad creadora todopoderosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ánge­les y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.

 

La idea de un Creador todopoderoso que originó a su vez otros seres sobrenaturales hunde sus raíces en el antiguo Egipto. Era allí una creencia central en la mayoría de cultos religiosos que un solo Creador era el res­ponsable de todo lo existente, incluyendo la apariencia de las demás dei­dades. Las otras naciones del Próximo Oriente no poseían una mitología similar. Fueron los puntos de vista egipcios los que influenciaron en un principio la comprensión hebrea de los primeros tiempos, y veremos cómo muchos de estos mitos egipcios de la Creación aparecen contesta­dos en la Biblia.

 

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza de la teología cam­bió. Mientras que los egipcios también adoraban a las otras muchas dei­dades creadas por el Creador primigenio, en la época de Moisés se pone un nuevo énfasis en la idea de que está deidad creadora es la única que debe ser adorada. Nadie, por ejemplo, adora nunca a los ángeles de Dios. Esta perspectiva queda reflejada en el mandato bíblico: «No tendrás más dios que yo». La idea de que sólo una deidad entre muchas debe ser ado­rada se conoce como henoteísmo en lugar de monoteísmo.

 

Durante un breve lapso a mediados del siglo XIV a.C., Egipto experi­mentó una forma de monoteísmo autoritario bajo un faraón llamado Akhenatón. Aún está por desarrollar una comprensión completa de la teología de Akhenatón, pero su existencia durante un tiempo en el que es muy probable que Israel estuviera todavía en Egipto hace que surjan pre­guntas sobre la influencia que sus ideas pudieron tener sobre los hebreos educados de su reino. Los estudiosos de la Biblia y los egiptólogos se apar­tan de su camino para construir un muro sin fisuras entre Akhenatón y Moisés, pero no descansa sobre cimientos tactuales. En mi libro anterior, TheMoses Mystery: TheAfrican Origins ofthefewish People (El misterio de Moisés: Los orígenes africanos del pueblo judío), publicado en edición rús­tica cómo The Bible Myth, examinaba las evidencias y llegaba a la conclu­sión de que Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón y que el Éxodo fue el resultado de un volátil pleito religioso entre los sucesores de Akhenatón, que reinstauraron las creencias tradi­cionales, y sus seguidores, que perdieron el control de Egipto tras su muerte,

 

Sin tener en cuenta mis propias opiniones, los hebreos descritos en la Biblia nunca abrazaron un monoteísmo puro, ni había una única religión universal. Muchos personajes bíblicos importantes en los tiempos posterio­res al Éxodo, por ejemplo, tenían nombres acabados en «Baal», la más importante deidad de Canaán. Gedeón, uno de los más famosos de los pri­meros Jueces, era también conocido como Jerub-Baal (o Yerubaal), y Saúl, primer rey de Israel, tenía un hijo llamado Esh-Baal que le sucedió en el trono. Estos nombres con referencias a Baal resultaron ser una vergüenza para los redactores finales de los primeros libros de la Biblia, por lo que aña­dieron glosas ficticias para explicar la aparente inconsistencia o cambiaron la terminación Baal por «Bosheth», la palabra hebrea que significa vergüenza.

 

La creencia en otras deidades va más allá de las convenciones de los nombres. Salomón, por ejemplo, tuvo muchas mujeres que no eran hebreas y para ellas construyó numerosos santuarios religiosos en los que pudieran adorar a sus deidades no hebreas. Más tarde, los escribas atribu­yeron la ruptura del imperio de Salomón a un castigo de Dios por su apostasía. Jeroboam, el primer rey de Israel tras la ruptura con Judá, no sólo erigió becerros de oro en los lugares de culto, sino que creó templos para rivalizar con el de Jerusalén. Y, a través del periodo de la monarquía, los escritores bíblicos nos explican que los hebreos sucumbieron constan­temente a las influencias religiosas de filisteos y cananeos.

 

Bajo el rey Josías (640-609 a.C.), se realizaron numerosas reformas reli­giosas y emergió una fuerte oposición a la adoración de ídolos. Pero no podemos afirmar con seguridad que el monoteísmo puro empezara a ser parte de la religión hebrea en este momento, ya que las creencias anterio­res se habían incrustado en las tradiciones y escritos hebreos. Finalmente, un solo redactor o, con más probabilidad, una escuela de redactores pos­terior al siglo v a.C. reunió las principales fuentes y tradiciones para producir la primera versión de la historia bíblica en su forma actual, y la rosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ánge­les y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.